Hace una semana que mi hijo empezó a ir a la guardería, dentro de quince días tengo que volver a trabajar. Va a la escuela infantil más cercana a nuesta casa, lo que es una suerte: dos minutos de puerta a puerta. Creo que eso nos va a ahorrar muchos disgustos cuando yo me reincorpore al trabajo y el padre de mi hijo tenga que llevarle al cole cada mañana: nada de coche, nada de largas expediciones al amanecer... Mi bebé va a ir a la guardería de 7,30 a 4 de la tarde. Una barbaridad, pero es lo que hay. Ahora está allí de 9 a 2, en plan periodo de adaptación (mío, porque a él se le ve adaptadísimo desde el primer día, el condenado).
Su profe se llama Silvia y parece amable y acogedora. El centro cumple la normativa. Y ya está. Cruzo los dedos para que mi peque esté bien cuidado, para que le cojan en brazos si llora, para que le estimulen tanto como necesite. Pero nadie te asegura que esto sea así, y cada vez que voy a recogerle busco en su carita los signos de haber pasado una mañana terrorífica tipo "Borreguito azul", o algún rictus de irritación o agresividad en su cuidadora. De momento, nada.
Mi hijo no tiene aún cinco meses y ya ha emprendido su camino en solitario, esa parte de su vida que no va a compartir conmigo y que cada vez será más grande. Es ley de vida, yo también necesito hacer cosas y vivir experiencias sin él y, sin embargo, duele. Será otra persona la que vea la primera vez que se gire, o la primera vez que gatee. Tendrá juguetes favoritos que yo ni sospecho. ¿Le aplaudirán cada pequeño logro tanto como yo? ¿Le harán menos caso que a otros niños más demandantes? ¿Sabrá exigir su espacio? Espero que sí, pero solo puedo cruzar los dedos y observarle con atención, y procurar tratarle como a mí me gustaría que me tratasen si tuviese su edad.
En la escuela infantil él tiene nombre y yo no. A él le llaman por su nombre y a mí, como a las demás madres, me llaman "mami". "¡Hola, mami! Hoy no ha hecho caca, se ha tomado un bibe de 150, le he tenido que cambiar el body". Al parecer, a las mamis les interesa mucho lo de las cacas, porque todos los días me dan el parte coprológico de la mañana. A mí me da igual, pero pongo cara de que me importa y digo "Ah, qué bien" cuando ha hecho caca, porque yo también quiero ser una "mami" (bueno, no. O sí) y porque no veo a las cuidadoras con muchas ganas ni tiempo de hablar de lo que realmente me preocupa, que es qué hacen para que mi hijo se sienta querido, sienta curiosidad por el mundo y se divierta. Eso sí, en el cuadernillo me van apuntando "Hoy hemos jugado a reconocernos en el espejo" o bien "Hoy hemos hecho un poco de psicomotricidad para mover el esqueleto". Lo concreto tranquiliza más que una tila.
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