Mi hijo es perfecto y su pediatra dice que es mejor así. No que él lo sea, sino que yo lo piense.
Mi hijo tiene cuatro meses y medio y es la criatura más asombrosa que conozco. Yo, que soy incapaz de encajar una alabanza a mi persona sin añadir un comentario descalificador ("Qué falda tan mona" -"Pues me costó dos duros". "Has hecho un buen trabajo" -"Me ayudaron un montón, eh?" etc. etc) no tengo ningún tipo de pudor en admitir cualquier piropo destinado a mi bebé. E incluso tomo la iniciativa, ea. ("A que está espabiladísimo?" "¿Has visto qué bien sujeta las cosas?""Tiene unos ojazos, el tío, no sé de dónde los habrá sacado"...).
Y es que mi bebé es perfecto. Hace un montón de cacas y pises (no sé cuántas, nunca las he contado), llora si tiene hambre, o frío, o calor, o necesita que le hagas caso. O cuando quiere jugar con un peluche y no es capaz de manejarlo. Ríe cuando le haces cosquillas o le das muchos besos en el cuello y en la tripa. También si reaccionas con mucha sorpresa y susto a sus gestos. Y cuando ve que los demás nos reímos, nos mira y sonríe como si pillase el chiste, pobrecillo.
A veces (muy pocas) se escuece y, como nació con el lagrimal obstruido, fabrica unas legañas enormes en su ojo derecho, que es lo que tienen que hacer los bebés en su situacion. Aunque eso ya lo tiene casi superado, como la mayoría de los bebés de su edad.
Duerme del tirón casi desde que nació (¡qué envidia, eh?). A cambio, puede mamar durante horas, el muy tragoncete.
Mi hijo ha hecho mi vida mucho más divertida, y me ha devuelto cierta intensidad en el sentir que no recordaba desde la adolescencia. Desde que él está aquí, el mundo que me rodea y el que nunca conoceré me importan mucho más, porque él va a existir en ellos, y quiero que estén en las mejores condiciones para él.
domingo, 8 de marzo de 2009
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