
Todas las madres dicen que la vuelta al trabajo después de tener un hijo es muy dura. No les hagáis caso: están utilizando un eufemismo para que no cunda el pánico entre la población activa femenina. El regreso es, directamente, aterrador.
Llegas y no te acuerdas ni de tus claves de ordenador. El ambiente está enrarecido por la crisis y el fantasma de los despidos futuros, con todo el personal emparanoiando en barrena, y tú (bueno, yo) piensas "¿Cómo se hacía esto de trabajar?" "¿Cómo bregaba yo con aquel jefe tocapelotas o con esta compañera?" "¿Cómo puñetas funcionan estos programas que nos han instalado?" "¿Por qué no tengo acceso a este servidor compartido, es que me han echado ya?¡Pero si aún no recuerdo las claves de mi ordenador!..." En fin, que mi oficina da más miedo que el tren de la bruja cuando tienes dos años.
Antes de dar a luz, solía hacer un montón de horas extra. Ahora, a la hora en punto tengo que salir disparada a recoger al niño en la guardería. Llego con la lengua fuera, tarde, sintiéndome la peor de las madres (en plan la Joan Crawford de "Queridísima mamá") y una trabajadora poco entregada por no trabajar más horas de las que me pagan. Y, cuando sacan a mi hijo, no me ajunta.
No me mira, le digo cosas y gira la cabeza hacia los lados como si no me oyera. Me ignora aposta, porque estoy enfrente de él y no mira hacia mí en todo el camino a casa, ni sonríe, ni nada. Es como una pelea de novios.
Y claro, al llegar a casa, lo arrglamos: entra por la puerta muertecito de hambre, porque habría merendado hace un rato si su madre no hubiese llegado tarde a buscarle, y mami, en lugar de sacar el pecho o preparare un bibe, pasa una pera por la turmix, le pone un babero de plástico con un marciano estampado y procede a intentar introducir la fruta en la dieta de su bebé.
El niño pone cara de "Mamá, ¿por qué tengo que comer serrín?" y se echa hacia atrás llorando. Lo que más le gusta de la merienda es el marciano del babero. Se lo mete en la boca mientras la papilla de pera se desparrama sobre mis pantalones nuevos (culpa mía, haberme puesto un chándal o una escafandra, pero le veía tan hambriento, al pobre...).
Como forma de hacer las paces después de tantas horas de abandono, se me ocurren algunas mejores, así que dejo la papilla de pera en mis pantalones y la alfombra y desengancho el triangulito de mi sujetador de lactancia. Mi hijo se lanza al pecho como un osezno, y no echa su primera sonrisa hasta que no tiene la tripa llena de leche. ¡Oído cocina!: si me preparas mi plato favorito, te ajunto un poco.